miércoles, 22 de febrero de 2012

"El ángel exterminador" o el juego de la oca

El ángel exterminador (1962) es una de las películas más complejas de Luis Buñuel y para algunos, entre los que se encuentra este crítico, probablemente su cinta más conseguida. Dentro de la complejidad de la obra, siempre me ha llamado la atención su especialmente intrincada estructura y precisamente de eso es de lo que se va a hablar en este artículo.


La trama, para los que no la conozcan, arranca cuando los participantes en una fiesta de la alta sociedad se quedan encerrados en una habitación, de la que no pueden salir y no saben por qué. El quedarse encerrados descubre el lado más animal de los invitados y surgen todo tipo de conflictos entre ellos, a la vez que sus instintos más bajos salen a relucir.

Quizá el rasgo más destacable de esta película desde el punto de vista estilístico o visual sean las numerosas repeticiones con que cuenta y que, al menos a primera vista, no se sabe muy bien a qué se deben. El propio Buñuel dijo que las había puesto para alargar la cinta, porque se le había quedado muy corta.


Aparte de esta explicación humorística, estas repeticiones pueden tener varias otras: una, también aportada por el propio Buñuel, aludía a que nuestra vida está realmente repleta de repeticiones, hacemos las cosas una vez tras otra.

Otra explicación más profunda tiene que ver con las lecturas preferidas de Buñuel y, en concreto, con el Quijote, un libro que tiene una compleja estructura en la que hay historias dentro de otras historias (también las 1.001 noches, pero ignoro si este libro le gustaba al director aragonés). Esta estructura circular está todavía más presente en una  de las novelas favoritas de Buñuel y un libro realmente apasionante: el Manuscrito encontrado en Zaragoza (1804-1805) de Jan Potocki, pues en él, aparte de encontrarnos con historias dentro de historias y esta estructura circular tan grata al director maño, nos encontramos con que en un determinado momento el protagonista del libro pasa de ser Alphonse van Worden para serlo Avadoro/Pandesowna -algo similar ocurre en Le fantôme de la liberté (El fantasma de la libertad, 1974)-, donde la acción va siguiendo a un protagonista, para luego continuar con otro que se ha cruzado en el camino del primero y así sucesivamente- y, aún más, en la novela de repente hay momentos en los que se hace una especie de “borrón y cuenta nueva” y la historia vuelve a comenzar en el mismo punto donde comenzó: en el patíbulo situado en el lugar llamado Venta Quemada, bajo los cadáveres de los bandidos Zoto. En total, he contado cinco repeticiones de la escena del patíbulo en el libro, además de otros dos pasajes en los que personajes refieren haber pasado por Venta Quemada, mientras que el propio Buñuel dice en sus memorias que en El ángel hay al menos una decena de repeticiones. Es como cuando reiniciamos un ordenador: todo se borra y hay que volver a empezar. Esa puede ser una explicación sobre cuál es el origen de esas repeticiones que a primera vista nos resultan tan raras.


Si lo pensamos mejor, el símil es aún más estremecedoramente revelador si se compara la película con el juego de la oca (un juego que es a la vez una línea y una espiral), en concreto con la casilla de la calavera, en la cual cuando caen, los jugadores vuelven a empezar el recorrido. Si se tiene en cuenta que la oca era un juego que apasionaba a los jóvenes Lorca, Dalí y Buñuel, según nos informa Agustín Sánchez Vidal, esta tesis cobra más vida. De hecho, la espiral es la figura que mejor define la estructura de El ángel exterminador, figura presente en el cartel original de la cinta (no así en el también buenísimo realizado por Iván Zulueta para el estreno, muchos años más tarde, en España), que representa la primera ilustración de este artículo.

Aún adquiere más sentido si nos dejamos llevar por ciertas tendencias gnósticas que afirman que el juego de la oca era en realidad un camino de Santiago en miniatura -y nos ponemos en conexión con otra más de las obsesiones buñuelianas: la jacobea, que trató monográficamente en La voie lactée (La Vía Láctea, 1969)-. Así, gracias al juego de la oca, todo aquel iniciado que había hecho el camino ritual podía revivirlo y purificarse de igual modo desde la tranquilidad y el confort de su casa.

Si tenemos en cuenta que originalmente el juego de la oca se jugaba desde el principio al final y luego había que volver al principio (regreso desde Compostela al lugar de origen de cada peregrino), tenemos que al final del juego se llega a una situación igual a la inicial -“Todo debe cambiar para que nada cambie”, como dice el príncipe Fabrizio Salina en Il gattopardo (1963) de Visconti- y así es precisamente como se resuelve el misterio en El ángel exterminador (recordemos que también al final de Tristana (1970) la película se rebobina ante los ojos del espectador a cámara rápida, hasta volver al principio): cuando todos los personajes (todas las piezas) regresan a su posición inicial, se deshace el maleficio y los burgueses pueden volver a sus casas. ¿O tal vez no?


Espero que estas reflexiones, si bien no creo que a nadie le causen la iluminación, al menos sirvan para que alguno de los lectores le dé más vueltas al significado de esta enigmática película y también al de nuestras vidas, tan repletas de repeticiones.

(Pinchando aquí encontrarán ustedes otra reflexión sobre la misma película que vale la pena, obra de la interesantísima crítica y profesora universitaria Pilar Carrera, publicada en su día en la Revista de Occidente.)

1 comentario:

  1. Me parece una teoría muy interesante que debería ser desarrollada en profundidad. Tienes material para un buen proyecto. La película lo merece!

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